El Salto


Empiezo a escribir en la primera hoja de una libreta roja que Martín amablemente me ha regalado, necesito plasmar en algo la dicha que me inunda. Hoy he despertado en este mundo nuevo, inmenso y a la vez tan íntimo.

Eran las 12 de la media noche, cerré mi libro de turno, apagué mi lámpara de mesa y me disponía a dormir. Mañana sería mi graduación de abogada, me encontraba entusiasmada, pero una preocupación en mi interior no me permitía conciliar el sueño; de pronto escuché un ruido en la habitación contigua, fue fuerte y posteriormente unos gritos me levantaron de la cama. Insistentemente toqué a la puerta del departamento de mi vecino, nadie abrió; es entonces cuando me dispuse a entrar, forcé la puerta y me encontré en un lugar desordenado y maloliente, pasé por el corredor y me dirigí a la habitación de donde creí provenían los ruidos. Para mi sorpresa, no había nadie, la cama no estaba y en su lugar había un hoyo, me acerqué para mirar y sentí ganas inmensas de saltar; yo era como una pieza de metal atraída por un gigantesco imán, no pude contenerme y salté, me desvanecí, no recuerdo como fue que llegué aquí… Pero eso ahora ya no importa.

Abrí mis ojos con somnolencia, pero en un instante se maravillaron con tanto esplendor. El cielo era más azul y el sol más brillante, el césped sobre el que me encontraba era suave como terciopelo, una mariposa se posó en mi nariz y me sonrió. Por un momento pensé que estaba soñando pero yo jamás tenía sueños tan hermosos, casi siempre eran pesadillas.

Escuché una voz amigable, me levantó por detrás y me miró con grandes ojos curiosos, era Martín, mi hermano que había muerto hace tres años; la alegría fue tal que lo abracé por largo rato, reí y lloré, pero estoy segura de que fueron lágrimas de felicidad. Él me tomó de la mano y me condujo por campos de fresas silvestres las cuales me susurraban lo sabrosas que estaban, es más, debo confesar que me comí unas cuantas. Llegamos a un templo enorme de bastas dimensiones que no sé cómo explicar, en este lugar me encontré con algunos amigos y parientes que no veía hace ya varios años.

En medio de las pláticas y abrazos con los amigos, escuché una voz en mi cabeza, pero parecía que las demás personas sabían de ella, pues se quedaron en silencio; mi hermano me miró y me dijo que fuera al encuentro mayor. Corrí camino arriba sin sentir cansancio alguno, la voz en mi cabeza me guiaba, llegué al punto más alto de una verde montaña llena de árboles frutales; caminé hasta llegar a un claro y sentí la dicha más grande del universo, miré hacia arriba y vi una luz brillante que me cegó por un instante y en ese momento sentí que alguien agarraba mi mano, giré mi cabeza y un hombre vestido de blanco estaba de pie a mi lado, era el ser más perfecto que mis ojos habían visto jamás. Su mirada me hacía sentir pura y limpia, mis penas ya no estaban, los malos recuerdos se fueron, yo era el ser más feliz de la Tierra, de esta Tierra.

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